domingo, 4 de enero de 2015

ESPACIO PARA LO INESPERADO

Con los medios que hoy se encuentran a disposición es posible hacer el viaje virtual antes de pasar por la puerta del avión. Entrando en las páginas de viaje, en las de los museos, ciudades, o en los blogs donde los viajeros comparten sus experiencias. En Google Earth, es posible recorrer las calles de las ciudades y hasta mirar las ofertas en las vidrieras de los comercios.
¿Es esto bueno? Seguramente no. Todo viaje, aunque sea a la vieja Europa, tiene su cuota de aventura. Vale la pena perderse en la apretadas calles de Toledo, Venecia o Montmartre para hacer un viaje en el tiempo a lo inesperado, como llevados de la mano de Woody Allen en Medianoche en Paris.

Antes de iniciar el viaje en auto hacia el valle del Loira, conectamos el GPS (que ya habíamos estado usando para orientarnos caminando en París), con la ruta seleccionada. En un día lluvioso, al inicio de las vacaciones escolares, la rentadora demoró casi una hora en entregarnos el vehículo; y entre una cosa y otra nos olvidamos de cambiar el GPS a modo vehículo. Para nuestra sorpresa, las indicaciones que recibíamos no coincidían en nada con la ruta estudiada, pero de todas formas las seguimos.
El bendito aparato nos llevó por caminos secundarios entre campos y bosques bellísimos, donde los carteles de precaución por el cruce de ciervos y jabalíes eran la constante. Fuimos cautivados por pueblos, granjas y campos cultivados al mejor estilo de las imágenes que recibimos del Tour de France. Como si este recorrido inolvidable fuera poco, nos evitamos además todos los peajes. Al no haber reservardo todos los hoteles pudimos conocer lugares hermosos que no teníamos previsto visitar y agregamos al viaje un espacio para disfrutar lo que fue surgiendo.
Los mercados y ferias de cada ciudad, barrio y pueblo son la más fiel expresión de las tradiciones culinarias locales y permiten tomar contacto con asombrosos aspectos de la cultura y del folclore del lugar. Recorriendo Mallorca y después de visitar, Manacor, las cuevas del Drach y hermosísimas calas, nos enteramos de la existencia de una feria local que se lleva a cabo anualmente en el pueblo de Capdepera y fuimos en su búsqueda. Rodeando el castillo que se remonta a la época del rey Jaime I, allá por el año 1300, tiene lugar la feria medieval. Como sumidos en un viaje en el tiempo, encontramos campesinos y plebeyos en sus vestiduras, puestos de comidas típicas, enormes herboristerías con yuyos y preparaciones para resolver males y enfermedades, toda clase de dulces y por supuesto aceitunas, procedentes de toda España, embutidos de fórmulas ancestrales, frutos rojos y cervezas caseras, que embriagaban todos los sentidos.
A su vez, en el castillo y en las empinadas calles que lo rodean, apreciamos artesanías, disfrutamos de bailes y canciones del lugar y nos asombramos con las habilidades de quienes practicaban la cetrería y el tiro con arco y flecha y de quienes hilaban con ruecas centenarias.


Si pensábamos conocer y recorrer museos, ciudades y castillos, nada se compara al asombro y la emoción de haber encontrado aquello que no esperamos en lo más mínimo.

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